Alberto, un lenador a quien le había desaparecido su hacha sospechaba del hijo de su vecino. El muchacho caminaba como ladrón, vestía como ladrón, y hablaba como ladrón.

Al cabo de unos días encontró su hacha mientras cavaba una fosa en el valle. A la siguiente vez que vió al hijo de su vecino, el muchacho vestía, caminaba y hablaba como cualquier otro.

Más de una vez nos hemos arrepentido de haber supuesto algo sobre otro, sospechado de él o ella y nos equivocamos. La sensación de “culpa” por atribuirle algo de lo cual no era responsable pudo habernos hecho sentir mal. Las inferencias ahorran tiempo y energía, nos evitan hacernos las mismas preguntas una y otra vez, nos evita pensar y repensar lo que podríamos considerar obviedades. Sin embargo, estas mismas inferencias que nos son útiles en algunos contextos pueden ser el origen de un desastre cuando queremos logar resultados efectivos y relaciones fructíferas. 

Los malos entendidos, las disputas, las discusiones sin sentido, no suceden por los hechos, suceden por las interpretaciones que hacemos de los hechos. Las observaciones que hacemos, nuestra particular e intransferible mirada de los acontecimientos a las que nos enfrentamos, pueden ser fatales para crear relaciones fructíferas. Muchos vínculos se han desecho por conflictos producto de nuestras inferencias. 

En las organizaciones y empresas un porcentaje importantísimo de los entredichos se producen por no comprender que las personas tenemos modelos mentales distintos, observadores que difieren mucho uno de otro. 

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“Aunque la verdad de los hechos resplandezca, siempre se batirán los hombres en la trinchera sutil de las interpretaciones”

-Gregorio Marañon

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La comunicación implica equivoco y error, ya que parte de una inferencia: que comunicar es tener en común. Por ejemplo en mis entrenamientos me gusta hacer el siguiente ejercicio: les digo la palabra “escalera”, y luego les pido que dibujen la escalera que se imaginaron. Cuando comenzamos a comparar los dibujos notamos como diferimos en nuestras concepciones aun cuando hablamos del mismo objeto. ¡Con cuanta más razón el equivoco se produce cuando pensamos en conceptos intangibles cuyo significado tiene sentido para el observador que lo enuncia!

 Resolver conflictos, aprender a tener conversaciones difíciles y enfrentarse a dialogos cruciales implica tener habilidad para comprender el modelo del mundo del otro y lograr ver ese mundo con sus ojos, desde su observador. Sin embargo, la imposibilidad del acceso a la mente del otro nos permite accionar con humildad, ya que si bien podemos acceder a una parte de su modelo no accedemos a todo. Esto abre una posibilidad magnifica para escucharlo intensamente para captarlo en su completud. 

Ser capaces de aceptar que nuestras inferencias nos pertenecen y que no son una propiedad de lo que observamos nos permite cuestionarnos a nosotros mismos y aceptar la duda sobre nuestra forma de ver las cosas. 

Las inferencias son muy necesarias, imaginate un mundo donde todos los días tuvieras que preguntarte si el sol saldrá mañana. Inferimos que así será y eso es útil para guiarnos, programar las actividades y los días. Estas inferencias que se sustentan en nuestra experiencia sobre como funcionan las cosas no son más que creencias sobre el funcionar del mundo, las personas y nosotros mismos. 

Hacer la distinción adecuada entre realidad e inferencia, entre hecho e interpretación entre una afirmación y un juicio contribuye a nuestra calidad de vida y a tener relaciones más sanas y vínculos sostenibles en el tiempo.

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