Ser indocumentado no impidió que el guatemalteco Rubén Tenaz y el mexicano Miguel Gómez hayan logrado hacer realidad su sueño de tener su propio negocio en la ciudad de Nueva York. Sí se puede.




Tenaz, propietario de una empresa de hacer moldes para la industria del cuero y Gómez, mexicano y dueño de una floristería, aseguraron que cuando las ci

Ser indocumentado no impidió que el guatemalteco Rubén Tenaz y el mexicano Miguel Gómez hayan logrado hacer realidad su sueño de tener su propio negocio en la ciudad de Nueva York. Sí se puede.




Tenaz, propietario de una empresa de hacer moldes para la industria del cuero y Gómez, mexicano y dueño de una floristería, aseguraron que cuando las circunstancias económicas les llevaron a emigrar a este país, nunca pensaron que harían realidad su «sueño americano». 

Sin embargo, pese a las dificultades que afrontaron como indocumentados, nunca se dieron por vencidos, aseguraron durante un evento en que recibieron un diploma por haber completado el curso del Programa de Desarrollo Económico para Capacitar Inmigrantes Latinos. 

«Tomaron clases por un año sobre contabilidad, y temas relacionados con la apertura de un negocio. Luego, los pusimos en contacto con abogados para que les hicieran la incorporación de sus negocios», explicó Teresa García, Directora de Desarrollo de la Asociación Tepeyac.

Los seminarios son ofrecidos desde hace dos años por la asociación, donde aprenden contabilidad básica, procesos bancarios, regulaciones de los negocios, contratos de alquiler comercial y conocimientos básicos de impuestos. 

A los interesados se les enseña además a obtener su número de identificación fiscal, un requisito indispensable para poder comenzar un negocio y otros documentos importantes. 

Los cursos están a cargo de especialistas en los temas ya que Tepeyac trae a personal de Rentas Internas, del Seguro Social, de los bancos y a contables, entre otros profesionales para impartir los seminarios, explicó el jesuita Joel Magallán, director ejecutivo de Tepeyac. 

«Cuando [Rubén y Miguel] vinieron, lo único que pensaban es que sólo tenían que hacer la incorporación de sus negocios. Y se quedaron sorprendidos cuando se dieron cuenta que necesitaban saber más de los temas relacionados con un negocio», agregó García.

Tenaz emigró hace 18 años desde Ciudad de Guatemala «por la situación económica y política» y luego de varios empleos, trabajó durante 10 años en una fábrica como la que hoy posee, donde comenzó como encargado de limpieza, para convertirse luego en supervisor y administrador. 

Allí aprendió el oficio y se hizo de amigos, que ahora figuran entre sus clientes.

El guatemalteco, que era panadero en su país, asistió durante un año a los cursos en Tepeyac y hace seis meses comenzó su negocio, donde tiene dos empleados, además de sus dos hijos y esposa, a quienes trajo desde Guatemala luego de un año en Estados Unidos. «Fui comprando poco a poco las máquinas y guardándolas» durante cuatro años, dijo el inmigrante, quien fue aprendiendo inglés «en la calle» y con sus hijos.

«Yo no tenía ningún capital. Pero de mi salario, compraba una máquina, que cuestan entre 400 y 500 dólares cada una, y la guardaba, y aprendí dónde se compraba el material. Una persona me hizo un préstamo» que finalmente le permitió abrir un negocio en Manhattan, recordó.

Tenaz se manifestó satisfecho al señalar que «gracias a Dios» su negocio es estable y recomendó a otros indocumentados «que se capaciten para que estén seguros de lo que van a hacer» con su futuro.

Lo más difícil de su vida como inmigrante en Nueva York, confesó Tenaz, «fueron los deliveries durante el invierno», lo que se alegra de haber dejado atrás.

Mientras que la historia de Gómez, quien emigró hace diez años desde Atlixco (Puebla), no es diferente a la de Tenaz ya que también dejó atrás a su familia buscando mejorar la situación económica.

Las flores, su destino

Desde que llegó a Nueva York trabajó en diversas floristerías, donde aprendió todo lo relacionado al oficio.

«Nunca imaginé que tendría mi propio negocio, pero las cosas se fueron dando y con un poco de sacrificio lo logré», comentó Gómez, con un negocio establecido hace dos años en el condado de Brooklyn.

Gómez, de 33 años, trabajaba en una floristería cuando su jefa se separó de un socio ruso que tenía, quien entonces le ofreció al inmigrante la oportunidad de ocupar ese lugar.

Hace dos años, su socio se retiró y Gómez decidió entonces que era tiempo de ser dueño de su propio negocio. A través de Tepeyac logró obtener los documentos necesarios y asistió a los cursos que la organización ofrece.

A pesar de que no ganaba mucho dinero, y que ayudaba a sus padres en México y sostenía su hogar en Nueva York, Gómez había economizado, lo que le permitió poder invertir en el equipo que necesitaba para su negocio, donde trabaja su esposa y su hermano.

Entre sus clientes están la biblioteca pública de Brooklyn y varias sinagogas.

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